Tengo que contarte algo, 2021. Carbonilla sobre placas de mdf.  100 x 140 cm.
Tengo que contarte algo, 2021. Carbonilla sobre placas de mdf. 100 x 140 cm.

  Al comenzar la pandemia y con ella la cuarentena obligatoria, una vecina muy mayor, viuda, desliza por debajo de la puerta de mi casa una nota de pedido. Y otra, y otra, y otra. Corren los días, o más bien caminan insoportables, mientras guardo sus papeles, como un archivo inexplicable, en una carpeta. La letra es ilegible en un comienzo, temblorosa, como si se hubiese olvidado de cómo mostrarse. Camuflada en pedidos de compras, farmacia, médicos, se deslizan también, comienzos de diálogos tímidos, una forma cauta de acercamiento, algunas preguntas. Con el tiempo, la letra gana una inusitada confianza, se endereza, como si recordara cómo hablar.

Comienzan los diálogos reales, del otro lado de su puerta, en el horario del té. Descubro que Nelly es, por sobre todas las cosas, museóloga de su pasado, coleccionista de lo que fue con su Marido. Habla de él en presente continuo, como si estuviese agazapado en algún rincón del departamento, como si en cualquier momento pudiese generar un nuevo recuerdo, y de él, un souvenir. Nelly es, ante todo, viuda: casi como si de una profesión se tratara, una que le ocupa todo el día.
Tras las notas, comencé a producir estas placas, donde primero cubro toda la superficie, y luego descubro precisamente la letra, imitando su caligrafía, como si ella ya estuviese allí de antes, también a la espera de pronunciarse. Algunas de las preguntas o afirmaciones de Nelly, al igual que ella, siempre estuvieron ahí, del otro lado del pasillo.
Encuentro en este proceso, tanto en lo artístico como en lo intrínsecamente personal, la posibilidad entre otras cosas, de ser amiga, y por ende, darle a una persona que a sus 87 años sigue mostrándose solo como la mujer dé, el espacio y tiempo donde generamos un lazo en el que ella sea la mujer de sí misma, y de eso, un recuerdo fresco. Creo que las notas nunca fueron las palabras si no el gesto de cruzar la puerta, y busco reproduciéndolas, sedimentar ese proceso, tanto suyo como mío, de necesitar de otra mujer para dejar de temblar, para escribir con firmeza.