¿Soñarán las casas con quienes las habitan?
Sostenida en una nostalgia anticipada, me despido de un estado transitorio, capturo la huella del tiempo deviniendo en materia. Recorro, de forma animal, el tiempo apacible de lo que pronto quedará cubierto por una inevitable piel. Me apura un afuera del que no puedo desentenderme: el paisaje del que empiezo a formar parte.
Este registro compone imágenes con las que mi casa podría soñar en la noche futura: ¿quién la construye?, ¿quién la habita? Trepo sus huesos, me desplazo entre el vacío y la suspensión, ocupo las ventanas que delimitarán un recorte fijo de lo externo.
Un lugar al que no voy a volver es documento de umbral, el borde exacto en que, al darle la bienvenida a una nueva forma, experimento la espesura del adiós: pulso vital que la casa conservará en sus cimientos, en su memoria nonata.
Esta obra es, ante todo, un testimonio vincular: la conversación de tensiones sutiles dentro de una firme cuadratura: el tiempo, mi cuerpo, la materia y el espacio.